Era noche cerrada, las 2 o las 3 de la mañana. Pasé un rato malo porque se acababa la gasolina y temía quedarme tirado en medio de la nada, en una carretera de mala muerte.
Con marchas largas, aire acondicionado apagado, sudando, llegué a Arcos de Jalón. Pasado el pueblo hay una vieja gasolinera antes de acceder a la autovía. ¡Salvado!
Era autoservicio. Llené el depósito y entré a tomar un café al bar. Un tugurio mal alumbrado en el que sonaba un disco de La Pantoja.
En una mesa desvencijada, tres tipos jugaban concentrados al guiñote mientras un cuarto, de pie, les miraba en silencio. Los jugadores eran Elvis Presley, Jesús Gil y Bin Laden. El que miraba, Donald Trump.
Me froté los ojos y al abrirlos de nuevo seguían allí jugando. Me volví hacia el camarero, pero ya no estaba en la barra.
Fui hacia Trump:
- Disculpe Sr. Presidente, ¿Se da cuenta de que estos están muertos hace tiempo?
Me miro unos segundos y dijo en un correcto español con acento aragonés:
- ¡Eso son fake news!
No insistí. Salí y monté en el coche sin mirar atrás.
Cuando lo cuento, la gente me dice que es una suerte haber conocido a personas tan famosas.
Pero me parece que no me creen.
